El Código Da Vinci

LA GIOCONDA

¿Cómo me interesé por la pintura? La historia no es larga pero algo triste, al menos para mí.

Todo comenzó un día como cualquiera cuando llegué a casa. Como de costumbre escucho la voz de mi vieja:

¡Gonzalo limpiate los pies!

Como ya la conozco, lo que quería decir es que no entrara con las zapatillas con barro de la cancha, así que me las saqué y las dejé en la puerta.

De paso me saqué las medias y las dejé en la mesa del comedor. Prendí el equipo de música y puse unos mp3, prendí la tele y la compu, me saqué la remera que dejé arriba del sillón y me puse a leer el suplemento informático.

¡Gonzalo! – Grito la vieja.

Yo sabía que quería.

¡Si Ma! – Grité yo a manera de contestación y me olvidé del tema.

Seguí leyendo.

¡Gonzalo! – Vociferó.

Así que puse más bajo el aparato con los pies y seguí leyendo.

¡Gonzalo!

Hoy viene mal, pensé para mí.

¡Qué Ma!

Necesito un favor – me gritó desde la cocina-

Bueno – le contesté pensando que podría continuar con mi lectura.

Pero no, siguió insistiendo, ahora más alto y asomándose de la cocina.

¡No oís que te estoy pidiendo un favor!

Tiré el suplemento al piso y le pregunté:

¿Qué?

Primero bajá la televisión. ¡Cómo me vas a escuchar ya estoy cansada de gritar! – me dijo.

Resignado bajé la televisión y dejé el control en la biblioteca.

¿Qué Ma? – Pregunté con pocas esperanzas de que esto terminara ahí.

Al fin me confesó lo que quería:

Quiero que el sábado le vayas a poner un marco a esta Gioconda.

Pensé que mi vieja se había vuelto loca. ¿Para qué demonios quería ponerle marco a una mermelada?

Ma ¿te sentís bien? ¿Para qué le voy a poner marco a un dulce?

¿Qué dulce? – me contestó.

La Gioconda – le respondí.

Tardó un poco y por fin me contestó:

¿No bestia, la Monalisa?

Mi vieja siempre es tan dulce conmigo, pero vi que no valía la pena preguntar, no sé que tenía que ver una cosa con la otra, pero un cuadro de una mona en el living me pareció que no quedaría bien, bue, mejor eso que un graffiti.

Está bien Ma – contesté sabiendo que hoy era jueves y de aquí al sábado podría olvidarse o cambiar de opinión.

Pero no, vino enseguida con una cosa parecida a una cartulina lustrosa. La abrí y miré el contenido.

La verdad no entendí que tenía que ver la mermelada y la mona, pero no tenía ganas de preguntar.

Resulta que el cuadro era de una minita, algo gorda para mi gusto y con una sonrisa idiota. Atrás había algo así como un paisaje con unos arbolitos. Lo peor de todo eran las pilchas de la minita. En definitiva, un desastre.

Lo volví a enrollar jurándole que me encantaba y lo tiré arriba de mi cama.

Terminé de ver el video clip y me tiré a la cama. Después de un rato supe que algo andaba mal, me picaba la espalda y me acordé del dibujito, estaba todo aplastado y arrugado.

Lo tiré debajo de la cama y seguí durmiendo.

El viernes me fui al cole y me olvidé del tema, hasta que me enteré del que el sábado tendríamos una fiesta.

¡Tenía que encontrar algo para negociar la salida! Listo, soy un capo, me acordé de la pintura y del marco, así que supuse que si cumplía el mandado, no podría negarse y si lo hacía, tenía con qué hacerla sentir culpable, un poco de su misma moneda.

Esa noche no dije nada y todo siguió como siempre, antes de dormirme puse el despertador para madrugar, a eso de las once.

Sonó el despertador y junto con el timbre. Era el flaco, mi amigo, que me venía a hacer la gamba.

Me levanté, me puse la remera y un pantalón y le abrí la puerta mientras me dirigí a la cocina, tomé de la botella un poco de coca y unté con dulce de leche un poco de pan. Me limpié en la camisa, igual ese día iba a hacer de albañil.

Agarré el cuadrito. ¡Era un desastre! Así que el flaco me sugirió que la plancháramos, por lo que enchufé la plancha y le puse agua porque pensaba que al vapor saldría mejor.

¿La verdad? Quedó peor, pero ya estaba jugado.

Nos fuimos a la vidriería y la cara del comerciante me decía que algo andaba mal.

Mirá nene, no podés encuadrar esto como está. – Me dijo con cara de asco.

Le explique la situación y el tipo, regamba, me dijo:

Mirá pibe, tengo uno parecido, no es de la misma calidad pero por ahí pasa.

¡Dale loco! – Le dije.

Pero había otro problema, no tenía plata suficiente, así que llamamos a unos flacos amigos e hicimos una vaquita. Encima sobró para estar un tiempo en el ciber mientras el tipo terminaba el cuadro.

Por fin, estaba listo y nos fuimos con los vagos. La verdad, no sé como empezamos a jugar con una latita al fútbol y el nabo del gordo rompió el vidrio.

No voy a profundizar en este aspecto, pero la realidad es que lo apretamos entre todos y al rato volvió con la plata para hacer un cuadro nuevo.

Después de otro rato en el ciber, me fui a casa con el flaco.

Nos hicimos otros sándwich de dulce de leche y me puse a buscar la caja de herramientas. Como siempre estaba en el peor lugar, en un rincón debajo de la mesada.

Entre la humedad, la tierra y el dulce, las manos me quedaron un desastre pero igual iba a oficiar de carpintero así que no le di bolilla.

Ahí fui yo y el flaco a elegir el lugar donde clavar el cuadrito. No sé como nos empezamos a pelear, jugando. En eso me tropecé y apoyé las manos en la pared blanca.

¡Loco, mirá que hiciste! – le dije-

Pero soy un tipo práctico, así que opté por ir a buscar un trapo a la cocina.

Creo que me equivoqué cuando lo mojé. Como sea, pasé el trapo y lejos de irse la mancha en la pared la cosa empeoraba.

El flaco tuvo una idea genial, ¡Lavandina!

Le echamos lavandina al trapo y me ensucié el pantalón. No importaba después lo cortaba y me hacía unas bermudas.

Pero la cosa no mejoró, la mancha algo salió, pero también la pintura.

Definitivamente eso decidió el lugar, el cuadro iría allí, precisamente donde podría ocultar la mancha.

Lo que siguió fue peor, tomé un clavo grande y lo comencé a golpear con el martillo y pronto se salió el yeso de la pared.

Al flaco se le ocurrió taparlo con un yeso plástico, pero como teníamos las manos sucias se pegó la suciedad al yeso.

Por fin, pude poner el maldito cuadro en la pared y la verdad es que no se veía nada.

Esa noche pude salir por el favor que le hice a mi vieja y desde esa noche aprendí a amar la pintura.

Todos los días rogaba que nadie sacara el estúpido cuadro de dónde lo había colgado.

 

JULIO 2004

Carlos Enrique Spina

 

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Bienvenido navegante, el hecho de que haya usado Comandante como apodo no tiene connotaciones políticas.
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